Un lenguaje para todes

Domingo 13 de octubre de 2019 | 06:00hs.
Federico García

Por Federico García sociedad@elterritorio.com.ar

Hoy en día nadie -o casi nadie- se altera cuando escucha hablar de la “intendenta”, o bien todo el mundo comprende que la médica es una mujer que ejerce la medicina y no la mujer del médico, además de que cualquier discurso público de estos tiempos empieza casi obligatoriamente con “señoras y señores”.
La igualdad ante la ley del hombre y la mujer y la masiva incorporación de esta última al mundo del trabajo y a otros ámbitos públicos y privados han transformado modos de hablar, han “feminizado” muchos conceptos referidos a oficios, cargos y profesiones y han forzado modificaciones expresivas en el lenguaje formal y políticamente correcto.
Sin embargo, basta con prestar un poco de atención a cualquier conversación cotidiana para advertir que el lenguaje habitual está lleno de expresiones y estructuras que en el mejor de los casos perpetúan estereotipos que perjudican o invisibilizan a las mujeres y en el peor, las denigran.
Es muy común escuchar, incluso en bocas femeninas, insultos como “hijo de p…” o expresiones como “qué nena”, cuando alguien no quiere juntarse con sus amigos a jugar al fútbol o a cenar.
Así, en lo que respecta al campo de los estudios del lenguaje, lo que sucede por estos tiempos con las mujeres no escapa a otros fenómenos que provocan evolución y cambio en el aparato formal y en el uso de la lengua. Desde principios del siglo XX, con Ferdinand de Saussure a la cabeza, las ciencias del lenguaje abordan fuertemente la relación entre las palabras y realidad que designan.
A partir de ello, se puede arribar al acuerdo de que, básicamente, todo signo lingüístico consta de al menos dos partes: un significante, es decir, la palabra en sí, y un significado, un concepto asociado a ese término.
El problema principal en torno al cual gira la discusión en las disciplinas del lenguaje es precisamente el nivel de arbitrariedad que existe entre ambas dimensiones del signo. Esto es, que no hay una relación directa entre la palabra perro y un perro de carne y hueso, sino que es una construcción que es determinada por múltiples factores. Ese dispositivo invisible e indivisible es lo que hace posible la comunicación humana, ya que a partir de ello podemos articular lingüísticamente las realidades que vivimos día a día.
Por ejemplo, si pensamos en la palabra “perro”, muchos verán en su mente un perro genérico, otros quizás visualicen a su propio perro o a algún animal famoso. Justamente, para que la comunicación sea exitosa, basta con imaginar un perro, no importa cuál. Pero, en primera y en última instancia, esa imagen mental -o referente- depende de nosotros mismos, de nuestras vivencias, y eso vale tanto para el individuo como para la comunidad de la que forma parte en tiempo y en espacio.
Entonces, si toda imagen depende de nuestro conocimiento del mundo, podemos entender significados distintos a partir de oraciones gramaticalmente idénticas. Si alguien dice, por ejemplo, “todos los argentinos pueden manejar automóviles” o “todos los saudíes pueden manejar automóviles”, probablemente en el primer caso la palabra argentinos designe tanto a hombres como mujeres y a todas las expresiones de género, mientras que en el segundo caso es más factible de pensar que dentro de la palabra saudíes ingresen solamente hombres.
Ahora bien, en el terreno del estudio de cómo el conocimiento del mundo y el contexto social y cultural compartido afectan a la comunicación humana, para que detrás de significantes como albañil, policía o enfermero logremos visualizar tanto a hombres como mujeres no hace falta una terminación gráfica gramatical para cada género, sino que basta con que exista un horizonte de significación compartido en el que efectivamente existan hombres y mujeres realizando esas labores y que, por ende, podamos crear a partir de ello la imagen en nuestra mente.
Pero las teorías así expresadas en un contexto idealizado a veces dejan de lado que el signo es un terreno de lucha entre fuerzas que están en disputa al interior de la sociedad e incluso entre diferentes culturas. Este mecanismo funciona como una célula en la que el centro y la periferia dirimen el ejercicio y el reparto del poder, y el lenguaje refleja esa realidad.
Así, se suele decir que las cosas existen cuando tienen nombre, y es por ello que aquello que no está nombrado no tiene entidad en el mundo de lo palpable. Si bien es cierto que la ausencia no equivale necesariamente a la invisibilidad, también es cierto que si se quiere dar una imagen representativa y mejor acabada de la realidad y, sobre todo, hacer que esa realidad sea más inclusiva, el lenguaje es una herramienta fenomenal.
En ese marco, hay hablantes que se resisten a los nuevos usos, tal como lo expresa en diálogo con El Territorio la docente de música obereña Silvia Hedman, quien además asegura que en sus clases no obliga a nadie a plegarse al uso del inclusivo, a lo que agrega que no considera que sea solamente una moda y boga por un debate más profundo en el seno de la academia (página 5). Además, aclara que el uso de la ‘e’ para evitar la marca de género se utiliza solamente para incluir personas, y no se utiliza en todas las palabras, como se suele creer.
Atendiendo al llamado de Hedman está Liliana Daviña, quien se refirió a la historicidad de la cuestión, además de explicar que es el cambio social el que lleva a cambios lingüísticos y no a la inversa.
Por otro lado, el hecho de que no sea una simple moda lo reflejan las expresiones que se dan desde los ámbitos públicos oficiales, como la Justicia y la política, como sucedió días atrás con un fallo judicial que utilizó expresiones de lenguaje no sexista, de forma que estas nuevas formas verbales se erigen como algo con peso propio y una especificidad que día a día se asienta con su uso.
En este sentido, Víctor Ríos, investigador en lenguaje inclusivo y diversidad de género, la decana de la Facultad de Humanidades de la Unam, Gisela Spasiuk, la presidenta de la Academia Argentina de Letras, Alicia María Zorrilla, y Karina Galperin, profesora del Departamento de Estudios Históricos y Sociales de la Universidad Torcuato Di Tella de Buenos Aires, expresaron a este medio sus posiciones al respecto (páginas 6 y 7).
Galperin, de su lado, sostuvo que “estamos en una situación en donde hay una defensa del inclusivo de una manera abigarrada como un instrumento de intervención ideológica feminista y al mismo tiempo genera una reacción muy intensa en el otro extremo, y en el medio queda un montón de gente a quien le atrae el lenguaje inclusivo, sobre todo por las soluciones prácticas que trae y esas voces no son escuchadas, a mi me parece que sería bastante más saludable ubicar el debate ahí y no en el contexto combativo”.
La invisibilidad de las mujeres en el lenguaje también ingresa en el horizonte de la literatura y, en ese sentido, la escritora Evelin Rucker cuenta que lo incorpora a sus cuentos con temática de género y hasta se plantea que es útil a la hora de reflejar realidades de otra forma ignoradas (página 8).
Más allá de las posturas a favor y en contra, si hay algo en lo que concuerdan todas las voces que se reflejan en este informe es en la imposibilidad por imponer una norma, ya que son los hablantes quienes deben descubrir las formas de apropiación de estas nuevas propuestas, porque en primera y en última instancia, el lenguaje es de todos, todas y todes.

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