La Barrera de Wanda (2)

Domingo 22 de septiembre de 2019 | 07:00hs.
 Gonzalo Peltzer

Por Gonzalo Peltzer gpeltzer@elterritorio.com.ar

La verdad del periodismo es el resultado de un trabajo arduo, que lleva a buscarla cada minuto de cada día y no se publica una vez encontrada sino mientras se la está buscando. Por eso el periodismo es un arte crudo, sin terminar, como la columna de hoy, continuación de la del domingo pasado. Con ese ánimo leí los interesantísimos y variados comentarios sobre la Barrera de Wanda, el retén de la Policía que con conos y bloques de plástico anaranjados corta el tránsito en la tercera trocha de la ruta 12 hacia Iguazú, a la altura del Club Alto Paraná, en Wanda.
El periodismo respeta los hechos como sagrados y las opiniones como lo más libre que hay. A esto se agregó –no hace tanto tiempo– la posibilidad de contar con devoluciones del público para señalar errores informativos o simplemente mostrar su adhesión o su indignación con lo que uno escribe. Los periodistas preferimos a los indignados, que nos despiertan las ganas de seguir provocando, ya que con hechos o con opiniones provocar es nuestro oficio…
Uno de los comentarios recuerda la incoherencia más grande de la seguridad en nuestras rutas: solo se vigilan de día y siempre que no llueva, porque no hay guardia que resista un chaparrón y sin luz las fotos no salen. Es decir que si usted quiere llegar a cualquier destino corriendo carreras, solo tiene que esperar que llueva o viajar de noche: a esa hora los operadores del radar-foto se van a dormir y con lluvia los soldaditos de las fuerzas de ocupación abandonan sus imaginarias. Pésima idea aprovecharse de la indolencia de la autoridad para cometer delitos, pero pasa: según datos del Consejo Provincial de Seguridad Vial, desde que se van los radares hasta las diez de la noche es cuando se produce la mayor cantidad de accidentes en las rutas de Misiones.
Lo que más sorprende en la Provincia es la desconexión entre los proyectos viales y las autoridades que después los fiscalizan. Hacemos grandes autovías de cuatro manos para poder sobrepasar a los vehículos más lentos y después prohibimos circular por ellas a una velocidad que permita pasar al más lento de todos. Lo mismo ocurre con la barrera de Wanda: invertimos en mejoras para ir más rápido y más seguro por la ruta y después destrozamos la inversión porque alguien decide que no es bueno para los peatones que los vehículos viajen rápido ni seguro.
No son estos los únicos casos en las rutas de Misiones y tampoco es Misiones el único lugar donde ocurren estas cosas, pero advierto que nuestra provincia tiene una insólita concentración de incoherencias viales: velocidades imposibles de cumplir, semáforos larguísimos en lugares desiertos, retenes incontables de fuerzas de seguridad improvisadas y paternalistas que por suerte están más tiempo distraídos con sus celulares que haciendo preguntas ridículas a los transeúntes.
Puede ser que a corto plazo disminuyan los accidentes con lomos de burro, controles y radares, pero tenga en cuenta que ese paternalismo solo consiguen súbditos adolescentes que con toda lógica entenderán que las normas se cumplen solo si alguien controla.
El tránsito es esencialmente un sistema de convivencia, y como tantas cosas de nuestra vida en sociedad, es cuestión de educación y de tiempo. Una sociedad educada es la mejor política para reducir los accidentes.
Como no hay educación, no queda otra que el palo, dicen algunos. Hay que aceptar que es un método eficaz… pero con los animales. Los argentinos optamos hace tiempo por el método animal del lomo de burro: al que viene rápido le destrozamos el tren delantero para que aprenda por las malas… Claro que es eficaz, pero así nos va.

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